Y te sigo por el aire como una brizna de hierba...


Tengo 32 años (vamos a contar 33 porque me queda un suspiro) y hasta hace unos días no había leído a Federico García Lorca. Podría echarle la culpa a la porquería de sistema educativo que tenemos, y no me faltaría razón, porque de Lorca dimos un par de pinceladas, prácticamente de pasada y nunca leímos nada suyo. Ni poesía, ni teatro. Nada. Más grave me parece que tuve una asignatura de Teatro durante un curso entero y tres cuartos de lo mismo. Pero no, hoy la culpa me la voy a echar yo misma por no haber leído nada suyo antes, cuando la lectura empezó a ser un placer, una vía de escape y un refugio. 

Mi abuelo es almeriense y hubo una época que cada año íbamos a visitar a la familia. Las raíces de F, mi bisabuelo. A mí siempre me ha encantado ir, además de porque me parece una tierra preciosa, porque soy una sentimentaloide de tomo y lomo, y siempre me ha emocionado pensar que estaba pisando las mismas calles, oliendo el mismo mar y disfrutando del mismo sol que en su día hizo F. En esos viajes anuales a Almería hicimos alguna escapada a Granada, a ver la Alhambra, a conocer la ciudad... y por avatares del destino acabamos comiendo en un restaurante con nombre La ruta de Lorca. No sé por qué en ese momento no busqué como loca algún libro de Lorca, no lo sé. Lo tenía ahí, como una señal luminosa dejándome cegata. La ruta de Lorca, Alfacar, Granada. Recuerdo que mi abuelo se quedó con el nombre y dos años más tarde, viajando a Málaga, volvimos a comer allí. Pero lo dejé pasar. Posiblemente si en ese momento le hubiera preguntado a mi abuelo "¿Has leído a Lorca?", él me hubiera dado alas y ganas para comprarme un libro suyo en la primera librería del camino. Escucharle siempre tiene ese efecto en mí, esas ansias de saber, de ser una esponja y empaparme de todo lo que sabe. Pero no lo hice, lo dejé pasar.

Hace unos días me compré un par de libros de Ian Gibson y en los dos aparece Lorca, fue pura casualidad y curiosidad, solo tenía en mente coger uno. Esto fue el sábado y el domingo en la tele emitieron La novia, película basada en Bodas de sangre de Lorca. Una amiga me ha enseñado a creer en las señales y esto es una como la copa de un pino.

La película me pareció bellísima, cierto que es una interpretación libre de la obra de Lorca, pero tiene todos sus ingredientes. Esa pasión, esa intensidad, ese paisaje rural, esa luna resplandeciente testigo de tanto. Incluso diálogos calcados de la obra. La manera de contar la historia es visualmente preciosa, cada gesto y cada mirada dice tantísimo... Supe en el momento de terminar de verla que tenía que leer Bodas de sangre, era totalmente necesario y me encontré pura poesía. No sé que esperaba exactamente encontrar, pero os digo que ni coña algo tan bello. No lo puedo calificar de otra manera. Que manera tan bonita, profunda y sentida de usar las palabras, de dar voz a los personajes, ese amor, ese desgarro, ese dolor. Estoy profundamente maravillada, antes me gustaba mucho el teatro, sobre todo los clásicos griegos, pero esto... esto es otra cosa y es nuestro. Debe ser una auténtica gozada tener la oportunidad de verla representada, de disfrutarla en vivo y en directo, de sentir los pelos de punta de la emoción. Me lo apunto en mi lista de cosas que hacer alguna vez en la vida: ver una obra de Lorca.

"(...) y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba."

Llevo unos días pensando en las cosas tan maravillosas y grandes que nos hubiera regalado Federico García Lorca si no le hubieran arrebatado la vida de esa manera tan injusta e inhumana (como a tantos otros). ¿No creéis? Cuánta poesía se perdió en el camino de Víznar a Alfacar una madrugada de agosto de 1936. Qué tristeza más grande. Qué tristeza.

EL DAÑO por Rupi Kaur


es tu sangre
la que corre por mis venas
dime cómo se supone
que voy a olvidar

iba a ser
el primer hombre al que amaras en tu vida
todavía lo buscas
por todas partes


cada vez que
le hablas a tu hija
que le gritas
sin amor
le enseñas a confundir
la rabia con la amabilidad
lo que parece una buena idea
hasta que crece y
confía en hombres que le hacen daño
porque se parecen demasiado
a ti


la destripa
con los dedos
como si arañara
el interior
de un melón vacío


no sé si mi madre está
asustada o enamorada
de mi padre
todo me parece lo mismo


hay tristeza
viviendo en partes de ti
en las que la tristeza no debería vivir



→ Fragmentos de Otras maneras de usar la boca de Rupi Kaur

Ojos que no ven, corazón que no siente + #LeoAutorasOct

El viernes cerré un capítulo. Di un paso más para alejarme de lo que no me gusta, de lo que no me representa y de lo que me asquea del mundo blogger romántico. En el fondo sentí un poco de pena, no por poner distancia, sino porque fue evidente una vez más que lo que hice en su momento no ha sido valorado, todo lo contrario, a la larga ha sido ninguneado y, para colmo, se han beneficiado otras personas. Así que perdonadme si ahora mismo no tengo ningunas ganas de reseñar ni una sola novela romántica más. Es tanta la decepción que siento dentro, me han dolido tanto ciertas cosas... que la única salida posible era coger definitivamente otro camino. Un camino más solitario, lo sé, pero mucho más gratificante. ¿Sabéis lo peor? Que sé que hay varias personas que piensan exactamente igual y siguen formando parte de esa pantomima. También hay un reducido grupo que dice bien claro lo que siente y piensa al respecto, aunque no sirva para absolutamente nada —yo ya lo tengo asumido—, aunque las señalen con el dedo. Pero levantan la voz, no se achantan e intentan poner su granito de arena para que las cosas cambien. 

Gracias Lidia, por no saber callarte, por decir bien alto lo que muchas pensamos, por enseñarme tanto de la vida. Gracias Anita, por ser mi maestra Jedi, por hacerme ver que había un camino paralelo mucho más luminoso que el que yo seguía. Gracias Cris, por tu sensatez, por dejarme un asiento a tu lado para ver los toros desde la barrera y por compartir esa bolsa de palomitas conmigo. Gracias a las tres por darme alas cuando pienso que ya no puedo volar, que ya no merece la pena hacerlo.


No he visto mejor manera de seguir mi camino con ilusión que unirme a la iniciativa #LeoAutorasOct. Una iniciativa que empezó a funcionar el año pasado con el fin de dar visibilidad a escritoras. Tengo tantos pendientes que no sabía que libros elegir, al final he escogido estos seis títulos: Tres autoras españolas y tres extranjeras. No creo que pueda leerlos todos durante el mes de octubre, pero sí me gustaría hacerlo antes de que termine el año y contaros que me han parecido, al menos lo que me dejen huella, que estoy segura que habrá más de uno.

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón


Ya hay un español que quiere 
vivir y a vivir empieza, 
entre una España que muere 
y otra España que bosteza. 
Españolito que vienes 
al mundo te guarde Dios. 
Una de las dos Españas 
ha de helarte el corazón. 
· Antonio Machado ·


Hace poco más de una semana terminé de leer El corazón helado de Almudena Grandes e inmediatamente empecé a escribir en folios de libreta sueltos todo lo que me atenazaba por dentro. Escribí sobre la historia que Almudena había tejido como una tela de araña en mi corazón y, sobre todo, escribí sobre F. Rescaté piezas viejas e incluí algunas nuevas en ese puzzle imposible y emocionante que es F para mí, intentando acercarme a lo que realmente fue. Para conocerlo, para entenderlo, para sentirlo cerca y mío. Más mío de lo que ya lo siento.
Releí El jinete de bronce de Paullina Simons y la sensación fue todavía más inmensa que la primera vez, saber más y mejor sobre los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial la hizo todavía más especial y más grande. Sigue siendo mi favorita de todas las historias de amor que he leído y que posiblemente leeré. Una vez más, todos esos folios de libreta terminaron en un cajón, al igual que F. Han pasado más de setenta años, me puedes esperar un poquito más, ¿verdad? Imaginé su sonrisa y esos hoyuelos que dicen que tenía y que tristemente sólo ha heredado mi primo. Hice la maleta para un viaje relámpago que me hizo bien pero también me demostró que estoy demasiado lejos y que el Ave no es suficientemente rápido cuando estás asustada.

Volví dos días después menos asustada pero con el nudo en el pecho más prieto, que se ha ido aflojando con el paso de los días y con las risas enlatadas que he escuchado al otro lado del teléfono. Deshacer la maleta nunca ha sido uno de mis fuertes, estuvo varios días en un rincón de la habitación para no sentir que hacía demasiado que me había ido de casa, algo absurdo que hago desde que conocí a Mr. Brandon, pero deshacer la maleta hace más tangible que ya estoy aquí, que vuelvo a estar lejos. Lo que sí hice la primera noche es sacar de dentro una cajita metálica llena de cartas de F. Una caja que vi por primera vez cuando era una niña y que pude abrir con lágrimas en los ojos hace solo tres años. Cartas desde Santander, desde Madrid, desde algún punto de Alemania y desde la fría Rusia. Cartas llenas de planes futuros, de soledad y de amor. Mucho amor. Cartas llenas de una tristeza que traspasa el papel y te encoge el corazón. Dolor puro y duro. Sin consuelo. Esa clase de dolor que mis ojos de niña no supieron catalogar en su momento y, que ahora, veo tan claramente que me parte el alma en dos.

Las siguientes noches empecé a leer Oona y Salinger de Frédéric Beigbeder, por ser una historia curiosa sobre J.D. Salinger —autor de El guardián entre en centeno— y de Oona O'Neill —hija del dramaturgo Eugene O'Neill y mujer de Charlie Chaplin— sin ser consciente que estaba ante otra historia con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. A veces parece que todo esté conectado, ¿verdad?

Con el paso de los días he dejado de verle el sentido a escribir sobre El corazón helado, soy de las que prefieren escribir en caliente, cuando tienes los sentimientos a flor de piel y a mi entender salen las cosas más viscerales, en mi caso, incluso las más sentidas. Hoy sentarme a hablar de Álvaro y Raquel, o del maravilloso Ignacio... me queda grande. Siento que no lo haré bien y la historia no lo merece. Quizá algún día pueda hacerlo con las mismas ganas que tenía hace unos días y pueda también hablar libremente de F. Ojalá algún día pueda venir a decir quién es F, ese valiente y cabezota andaluz que cantaba tangos a sus compañeros cuando las cosas se ponían chungas en el frente. Ese que nunca volvió a casa y que una mujer maravillosa estuvo echando de menos durante toda su vida. Hasta el último suspiro, literalmente.

Pero hoy... hoy leo relatos de Salinger e historias bonitas de amor como la última de Abril Camino, mientras a ratos sigo mirando dentro de la cajita metálica y escucho Photograph de Ed Sheeran en bucle, una canción que últimamente me hace pensar mucho en #lamujermaravillosa y en F. Le he puesto tantas canciones a su historia en los últimos veinte años que podría llenar un disco completo.