Una de las dos Españas ha de helarte el corazón


Ya hay un español que quiere 
vivir y a vivir empieza, 
entre una España que muere 
y otra España que bosteza. 
Españolito que vienes 
al mundo te guarde Dios. 
Una de las dos Españas 
ha de helarte el corazón. 
· Antonio Machado ·


Hace poco más de una semana terminé de leer El corazón helado de Almudena Grandes e inmediatamente empecé a escribir en folios de libreta sueltos todo lo que me atenazaba por dentro. Escribí sobre la historia que Almudena había tejido como una tela de araña en mi corazón y, sobre todo, escribí sobre F. Rescaté piezas viejas e incluí algunas nuevas en ese puzzle imposible y emocionante que es F para mí, intentando acercarme a lo que realmente fue. Para conocerlo, para entenderlo, para sentirlo cerca y mío. Más mío de lo que ya lo siento.
Releí El jinete de bronce de Paullina Simons y la sensación fue todavía más inmensa que la primera vez, saber más y mejor sobre los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial la hizo todavía más especial y más grande. Sigue siendo mi favorita de todas las historias de amor que he leído y que posiblemente leeré. Una vez más, todos esos folios de libreta terminaron en un cajón, al igual que F. Han pasado más de setenta años, me puedes esperar un poquito más, ¿verdad? Imaginé su sonrisa y esos hoyuelos que dicen que tenía y que tristemente sólo ha heredado mi primo. Hice la maleta para un viaje relámpago que me hizo bien pero también me demostró que estoy demasiado lejos y que el Ave no es suficientemente rápido cuando estás asustada.

Volví dos días después menos asustada pero con el nudo en el pecho más prieto, que se ha ido aflojando con el paso de los días y con las risas enlatadas que he escuchado al otro lado del teléfono. Deshacer la maleta nunca ha sido uno de mis fuertes, estuvo varios días en un rincón de la habitación para no sentir que hacía demasiado que me había ido de casa, algo absurdo que hago desde que conocí a Mr. Brandon, pero deshacer la maleta hace más tangible que ya estoy aquí, que vuelvo a estar lejos. Lo que sí hice la primera noche es sacar de dentro una cajita metálica llena de cartas de F. Una caja que vi por primera vez cuando era una niña y que pude abrir con lágrimas en los ojos hace solo tres años. Cartas desde Santander, desde Madrid, desde algún punto de Alemania y desde la fría Rusia. Cartas llenas de planes futuros, de soledad y de amor. Mucho amor. Cartas llenas de una tristeza que traspasa el papel y te encoge el corazón. Dolor puro y duro. Sin consuelo. Esa clase de dolor que mis ojos de niña no supieron catalogar en su momento y, que ahora, veo tan claramente que me parte el alma en dos.

Las siguientes noches empecé a leer Oona y Salinger de Frédéric Beigbeder, por ser una historia curiosa sobre J.D. Salinger —autor de El guardián entre en centeno— y de Oona O'Neill —hija del dramaturgo Eugene O'Neill y mujer de Charlie Chaplin— sin ser consciente que estaba ante otra historia con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. A veces parece que todo esté conectado, ¿verdad?

Con el paso de los días he dejado de verle el sentido a escribir sobre El corazón helado, soy de las que prefieren escribir en caliente, cuando tienes los sentimientos a flor de piel y a mi entender salen las cosas más viscerales, en mi caso, incluso las más sentidas. Hoy sentarme a hablar de Álvaro y Raquel, o del maravilloso Ignacio... me queda grande. Siento que no lo haré bien y la historia no lo merece. Quizá algún día pueda hacerlo con las mismas ganas que tenía hace unos días y pueda también hablar libremente de F. Ojalá algún día pueda venir a decir quién es F, ese valiente y cabezota andaluz que cantaba tangos a sus compañeros cuando las cosas se ponían chungas en el frente. Ese que nunca volvió a casa y que una mujer maravillosa estuvo echando de menos durante toda su vida. Hasta el último suspiro, literalmente.

Pero hoy... hoy leo relatos de Salinger e historias bonitas de amor como la última de Abril Camino, mientras a ratos sigo mirando dentro de la cajita metálica y escucho Photograph de Ed Sheeran en bucle, una canción que últimamente me hace pensar mucho en #lamujermaravillosa y en F. Le he puesto tantas canciones a su historia en los últimos veinte años que podría llenar un disco completo.

What about love?

El mundo se nos está yendo a la mierda.

Me cuesta borrar de mi cabeza las imágenes de Barcelona, mi querida Barcelona, la ciudad dónde nací, crecí y fui feliz. Tampoco puedo borrar de mi cabeza el montón de mensajes que he leído estos días en las redes sociales y que me han puesto los pelos de punta. Mensajes intolerantes, racistas, pagando justos por pecadores. ¿De verdad vamos a culpar a todos por lo que hace un grupo de desalmados? ¿Vamos a caer en el mismo odio que ellos? ¿Vamos a meter a todos en el mismo saco por su procedencia o religión? Mensajes llenos de odio, de bromas macabras porque el atentado hubiera sido en Barcelona, siempre amparados por el anonimato que les brinda, por ejemplo, Twitter. Valientes gilipollas. ¿De verdad odiáis tanto a los catalanes? ¿De verdad importa que hablemos en catalán o castellano? ¿De verdad toda esa mierda es importante en un momento así? ¿En serio?

No sé qué futuro nos espera, no sé qué futuro les espera a nuestros hijos, a nuestros sobrinos, a futuras generaciones... Pero a mí me da miedo, mucho miedo. Quiero un mundo donde mis hijos puedan salir a la calle sin miedo a que alguien les arrebate la vida. Quiero un mundo donde puedan amar libremente, sea al sexo que sea sin ser señalados. Un mundo en el que puedan decir orgullosos de dónde son y nadie —y menos de su propio país— les diga algo fuera de lugar. Un mundo donde disfrutar y aprender de la diversidad cultural y no rechazar o juzgar tan alegremente. Un mundo más tolerante, más amable y más acogedor. Un mundo para todos, seas de dónde seas, creas en lo que creas y sientas lo que sientas. Un mundo justo. 

Pero hoy... Hoy, desde la rabia y la tristeza que siento, permitidme que diga que el mundo se nos está yendo a la mierda.

#Prayfortheworld

QUÉ HACER CUANDO EN LA PANTALLA APARECE THE END, de Paula Bonet


Finales que llegan repentinamente, sin avisar, que nos parten en dos mitades. Finales que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo...


Desaparecí unos días. Era lo que me pedía a gritos mi corazón. Zafón en El juego del ángel decía que los corazones solo se pueden romper una vez, el resto son rasguños. ¿Pero cuántos rasguños es capaz de soportar un mismo corazón? Eso nadie lo dice, eso... eso lo vives. Yo, ilusa de mí, pensaba que había cubierto el cupo decepciones. Pensaba que ya nadie me decepcionaría tanto como para dolerme el corazón como si me clavaran algo justo en el centro. Qué equivocada estaba. Qué mierda tan grande es querer a alguien. Más mierda incluso cuando esa persona te hace daño gratuitamente, quizá sin pretenderlo, quizá sin pensar en lo que estaba haciendo, quizá sin calibrar las consecuencias de sus actos... 

Desaparecí unos días porque necesitaba cuidarme (y curarme). E inconscientemente empecé a leer sobre finales, (quizá) porque sentí que dentro de mí se había roto algo. Algo que ya no encajaría como antes, aunque lo untara con el pegamento más fuerte. Algo que ya no tenía arreglo. Empecé a leer sobre finales porque quería saber cómo dejar de sentirme como una mierda. Quería saber como salir a flote de nuevo, como arrancarme la pena de cuajo, como... como seguir después de ver el jodido The End en blanco sobre fondo negro. Las decepciones pesan más que el cemento y llegué a pensar que con esta ya no podría. Una vez más la sensación de abandono me engullía, esa sensación que ya tengo pegada como una segunda piel.

Cogí de la estantería el primer libro de Paula Bonet, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, uno de los libros que me regaló Mr. Brandon para nuestro quinto aniversario, hace un par de años. No lo había leído todavía, solo lo había tenido en mis manos un par de veces para echarle un vistazo a las ilustraciones. Quiero pensar que estaba esperando su momento propicio, pero no quería que fuese pura necesidad leerlo. Y lo ha sido.






Finales. Finales inesperados que te rompen por dentro, de los que cuesta reponerse, de los que cuesta desprenderse. Finales que sabes que llegarán algún día, en algún momento, y no por ello duelen menos aunque los hayas arrastrado como un lastre durante mucho tiempo. Finales.

Leyendo el libro de Paula me he perdonado. Me he perdonado por las veces que no estuve (ni estoy) a la altura, que seguramente fueron muchas. Veces en las que posiblemente se esperaba mucho más de mí y yo me di a medias, o a gotas. Me he perdonado por esas otras veces en las que me quedé vacía. Veces en las que di a manos llenas a quién no lo merecía.

Head up, love

Hoy hace un año que hice las maletas para marcharme de casa. Un año desde que me despedí de mi gente, desde que mi abuelo me dejó con un maletón de doce kilos en la estación Joaquín Sorolla de Valencia. Recordar las lágrimas de mi abuela me sigue partiendo el corazón, sé qué es una imagen que voy a tener presente toda mi vida. Días antes pensé que no sería capaz, hubo momentos en los que estuve a un paso de decirle a Mr. Brandon "No puedo". No sé como fui capaz de subirme a ese tren tan rota como me sentía.

Ha sido un año fácil... y difícil a la vez. Fácil porque me amoldé estupendamente a nuestro piso, a nuestra vida en común y a estar lejos de casa, aunque todavía me parezca increíble esto último. Difícil porque si me paraba a pensarlo fríamente la realidad es que estaba completamente sola. Sería muy romántico decir que una persona es capaz de llenarlo todo, pero no es así, todavía te quedan vacíos. Muchas veces durante este tiempo he necesitado un abrazo de mi abuela, una charla en un banco del parque con mi tía o ver una peli de dibujos con mi prima. Más de una vez he pensado "¿Qué cojones haces aquí? En un sitio tan lejos del mar, con un clima que no soportas, lejos de todo lo que sientes tuyo...". Y no es porque piense que me equivoqué en la decisión de mudarme, todo lo contrario, tomé la decisión correcta, pero hay momentos en los que creo que es imposible no ahogarse y no añorar el olor a hogar. 

La llegada de Luca fue una bendición, siempre digo que me da media vida porque realmente me la da. Era tan pequeñito cuando llegó a mis manos que ha vivido prácticamente todo este cambio conmigo y ha convertido los malos momentos en momentos más llevaderos. Ha llenado algunos de esos vacíos de los que hablaba antes. Y ahora, escribiendo esto me doy cuenta que Mr. Brandon trajo a Luca a mi vida, quizá sabiendo que había huecos que él solo no sería capaz de llenar.

Soy feliz aquí, me gusta salir a pasear por las calles cuando el sol me da en la cara, me gusta tener mi propio piso aunque sea de alquiler, disfruto experimentando en la cocina y comprando cosillas para decorar el piso. Me encanta coger el cercanías, pasear por las calles céntricas de Alcalá y perderme horas enteras en librerías. Disfruto de las visitas a Madrid descubriendo nuevos rincones. Me alivia tener a Mr. Brandon, por fin, conmigo. Pero el agujero en el pecho sigue ahí.

Hace unos días estuve en casa y sucedió de nuevo algo que ya había experimentado en mis últimas visitas. Sentí que aquella ya no era mi vida, mi vida está aquí aunque sienta este agujero en el pecho y piense en todo lo que me estoy perdiendo... y no recuperaré nunca.