Un final perfecto



Todo el mundo
debería inventarse su final perfecto.
No porque sea perfecto,
sino porque tener un final
nos lleva siempre a un principio.
La vida debería estar llena de principios.
De esos que no hay que perder.
Y de esos que no hay que perderse.
Hay veces que hay que pararse a respirar.

Y mirar.
Despacio.

Esto sí, aquí no,
esta persona por supuesto,
esta otra ni un momento.

Crear un puzle nuevo con las piezas
imprescindibles y los huecos rellenables.

Todo el mundo debería inventarse su final.
Perfecto.


Principios
(Primero de poeta)
Patricia Benito

¿Y tú qué dices, corazón?


El corazón es un poeta que recita tic-tac-tic-tac,
si deja de recitar y se calla, te mueres.
Gloria Fuertes


Ha pasado mes y medio desde que escribí por última vez. Mes y medio que he estado confusa, asustada, perdida y cabreada. En la última entrada decía que esto permanecería vivo mientras siguiera encontrándole el sentido. Creo que el sentido lo perdió hace más de un año y, desde entonces, vamos un poco a trompicones. A veces tengo ganas de empezar de cero, de no seguir alargando lo inevitable, de dejar de intentar sacar a flote algo que hace tiempo que siento que está hundido. Sin embargo, hace días que tenía ganas de sentarme a escribir, de sacar de dentro todo lo que he ido acumulando los últimos meses. De poner palabras a lo que he sentido. A ese miedo que hoy está adormecido, pero que hace dos meses me hizo meterme en mi caparazón. Ese miedo que llega sin esperarlo, cuando te dicen que tu corazón no está funcionando bien. Hoy, recuerdo mi mano sujetando la cita para el cardiólogo como si lo hubiera soñado. Recuerdo los escalones del centro de salud que veía borrosos y el camino hasta casa que parecía no terminar nunca. Recuerdo los lametones de Luca, el viento y el frío. Recuerdo el abrazo de Mr. Brandon y las lágrimas. Recuerdo mirar mis zapatillas de correr con pena y pensar qué narices iba a hacer con el montón de mallas de colores y camisetas fosforitas que un día había usado y ocupaban dos cajones del armario. Pensé tantas cosas, la mayoría absurdas, que sólo hicieron que acrecentar mi pena. Ponerse en lo peor era lo fácil. Fue una tarde que pareció eterna y después llego la calma, una calma que no conocía y que me ha acompañado desde principios de febrero. ¿Resignación? Quizá. Pero la verdad es que siento que algo en ese momento cambió, algo dentro de mí hizo click, un click que necesitaba. Un click que me ha hecho bien.

Dentro de esa calma de la que os hablaba empecé a leer mucho, como en aquellas temporadas de antaño en las que necesitaba desconectar y me perdía entre las páginas de cualquier libro que cayera en mis manos. Así leí en febrero, sin orden, sin listas, sin nada que no fuera simplemente evadirme. Volvió mi vena de lectora kamikaze, pero duró poco. Al final siempre vuelvo a esas lecturas que me hacen sentir algo, que me enseñan y/o me hacen pensar. Y Mejor la ausencia de Edurne Portela me dio todo eso en febrero. Y me gustó, sentí que sería bonito destacar cada mes un libro, solo uno. Y así llegar a diciembre y tener doce libros que me hubieran acompañado durante el año, que hubieran formado parte de momentos de mi vida, de sensaciones, de viajes. Igual que mis listas de canciones. Libros para el tiempo y la distancia.

Escribo esta entrada escuchando una de esas canciones tan mías, una que escuchaba hace diez años (quizá más) y me encantaba. Una canción que hoy tiene un significado distinto, pero que siento más mía que nunca. Al lado del portátil tengo El cuento de la criada de Margaret Atwood y Biografía del hambre de Amélie Nothomb. Es domingo, huele a primavera. Cuento los días para volver a casa, a aquella habitación en la que escuchaba Corazón, y la voz de Kutxi Romero acompañando a Carlos Chaouen me ponía los pelos de punta. Te cambio los miedos por unos bocados. Me sigue poniendo los pelos de punta. Hay cosas que por muchos años que pasen, afortunadamente, no cambian.


*Mi corazón, después de varias pruebas, sabemos que está bien, viviendo a todo trapo, pero bien. Y a mi solo me queda aprender a calmarlo, mientras lo cuido y lo mimo.

Bailando hasta el apagón...


Hoy estoy triste y sentía la necesidad de escribirlo, de compartirlo, de contaros el motivo. Cielos de Papel ha llegado a su fin, es uno de mis blogs de cabecera y la noticia me ha pillado por sorpresa. Al leer la entrada de despedida he sentido tristeza, soledad y vacío. También cabreo.Y he empezado a remontarme al pasado, a ese momento impreciso en el que descubrí el blog. En el que descubrí a Lidia. 

Fue por casualidad, recuerdo que llegué a través de otro blog al que no logro ponerle nombre (lo siento). Me pareció un blog distinto dentro del género romántico, más personal, más cercano, más de mi estilo. Estuve semanas —quizá más de un mes— leyendo en la sombra, me daba un poco de vergüenza comentar las entradas, pensaba que no tenía nada que aportarle, nada que ofrecerle. Me quedaba embobada leyendo su manera de sentir las historias, de compartirlas con los demás. Pero al final me animé, porque las ganas me pudieron, porque me costó morderme los dedos una vez más. Y es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida, porque allí, detrás de aquellas palabras, detrás de las teclas estaba la que hoy es mi amiga. Hace un par de entradas os hablé de ella, de lo que me ha dado a nivel personal, nunca pensé que tendría que escribir otra entrada y menos tan pronto por un motivo así. Si me ha llenado de cosas positivas a nivel personal, como lectora lo ha hecho aún más, porque así nos conocimos, compartiendo lecturas. Mis estanterías están llenas de libros que he conocido gracias a ella. Muchas de mis mejores lecturas de los últimos años han llegado a mí por ella. Kristin Hannah, James Rhodes, Taylor Jenkins Reid, Kerstin Gier, Defreds, Jojo Moyes, Rupi Kaur... Lidia me ha hecho mejor lectora, mejor bloguera, incluso podría decir que mejor persona. 

Hoy estoy triste y también cabreada. Triste porque siempre he sentido que con ella tenía una conexión especial como bloguera y como lectora. Compartíamos el mismo camino, las mismas ganas, las mismas decepciones. Y ahora es inevitable sentirme un poco sola, es inevitable ser más consciente que nunca que no sirve para nada alzar la voz porque siempre saldrás perdiendo. Hemos salido perdiendo. Cabreada porque mientras haya tantos intereses que no tienen nada que ver con la (buena) novela romántica, es un género que va a seguir cayendo en picado, pero sé que es más cómodo mirar hacía a otro lado. Lo sé. Lidia alzó la voz muchas veces, habló alto y claro de lo que mucha gente ve, pero poca gente dice. Y entiendo que haya acabado agotada, porque como ella siempre dijo, era como predicar en el desierto. Qué razón tenías, amiga, qué razón. Yo misma hace un año mandé todo a la mierda, dejé el blog de forma indefinida porque las decepciones me estaban ahogando. Pero volví porque escribir aquí me llena, lo haría aunque no me leyera absolutamente nadie. Sigo aquí porque en esos días raros es una tabla de salvación teclear, aunque hoy sienta que no merece la pena hacerlo. He perdido un blog con el que siempre he aprendido algo. Siempre. Hemos perdido un blog maravilloso, inspirador, único.

Sé que algún día también llegará el apagón en Roots of my heart, llegará un día que dejará de tener sentido todo esto. Pero hasta entonces, seguiré bailando. Seguiré diciendo esta boca es mía.

Amor se escribe con H y otras maneras de decirte que te quiero, de Andrea Longarela (Neïra)


«Se quiere o no se quiere. Es simple, es fácil».


Fuera llueve, enciendo el portátil y pongo la página en blanco de una nueva entrada. Caigo en la cuenta de que debería sonar Chasing Cars de Snow Patrol y recuerdo que ese disco, Eyes open, me lo regaló hace tiempo Mr. Brandon. Lo pongo en el reproductor y con los primeros acordes pienso en Eva y Hache, en lo que me costó al principio conectar con su historia y, sobre todo, con él. Pienso en lo fácil que luego fue entender y sentir con ellos, en lo real y bonito que lo cuenta todo Neïra siempre y en por qué me enamoré de su pluma.

Mi predisposición con esta novela no era buena, lo confieso. Las historias corales no me suelen convencer y, por otra parte, la avalancha de opiniones rimbombantes tampoco me animaban mucho, y no porque pensara que Neïra no era capaz de enamorar a todo aquel que leyera esta historia. Todo lo contrario, la veía muy capaz, la ví capaz de hacerlo desde que conocí a la loca de Oli y caí rendida a sus pies —a los de ambas—. Pero, a veces, Goodreads todos sabemos que peca de valoraciones infladas de más y cuando todo el mundo lee algo y lo pone por las nubes a mí me tira para atrás, aunque se trate de una autora que me encante. Prefiero poner distancia y leer cuando el cuerpo me lo pida, cuando no me influya nada de lo que veo y leo.

Empecé la historia de Eva y no me enganché. Me costó cogerle el punto, no a Eva, porque Eva y su sonrisa te meten en su bolsillo a las pocas páginas, sino a la historia en sí. Quizá fue un poco esa predisposición de la que os hablaba, o cosas que no tenían nada que ver con el libro, como la mierda de semana que estaba teniendo y mi ánimo. La cuestión es que hasta casi la página 200 no fui capaz de caer bajo el efecto Neïra, ese que tanto me enamoró con Oli y Mario. Luego todo fue fácil, porque ponerte en la piel de Eva también lo es. Es fácil conocerla, sentirla y quererla. Porque creo que todas en algún momento de nuestra vida —aunque fuera en la edad del pavo— hemos sido un poco Eva, soñando con nuestro final feliz. Quizá no con vestido rojo, ni bailando, pero sí teniendo a alguien que nos mirara como se miran las cosas que brillan. Ser la primera opción, la única opción. 


Eva conoce a Hache, que no es precisamente el caballero de brillante armadura con el que sueña, pero que le atrae como la luz a una polilla. Al principio me enfadé un poco con él porque me pasaba como a Eva, no entendía su actitud. Ella le regalaba sonrisas, él era un borde redomado y yo le llamaba gilipollas mentalmente. Pero al igual que Eva, yo también intuía que había mucho que rascar, que ese solo era el Hache de la superficie. Y juntos, sin esperarlo y sin pretenderlo, crean una complicidad preciosa de la que es testigo una azotea. Y las estrellas.

Lo sientes, el lector lo siente todo. La amistad, la confianza, el cariño, el amor escurridizo que se va abriendo paso en sus vidas con la persona que menos esperan, cuando quizá no están preparados para algo tan grande, cuando el pasado pesa demasiado. Y fue cuando, por fin, entendí a Hache. Entendí su dolor, esa losa que llevaba a cuestas y que le impedía del todo soltarse. Esas ganas de huir de una vida que no le llenaba, de empezar de cero, de volver a ser el de antes. Sonreír con Eva, pero ser incapaz de entregarse, de darle lo que ella sueña, porque el pasado sigue llenándolo todo, aunque no sea lo bueno, ni lo sano, ni lo que le hace feliz.

Eva nos cuenta su historia y también la de su hermana Carla y la de sus amigas Gina y María. Otras tres historias de amor, diferentes, pequeñitas. Estas historias secundarias no me han llenado tanto, o no como esperaba, quizá la de María ha sido la que más me ha hecho sonreír. Lo que sí ha sido bonito ha sido volver a saber de Leo, el pastelero de ojos verdes o recordar a Luca, han hecho que vuelvan emociones que en su momento me pusieron la piel de gallina y eso, eso es lo mágico y maravilloso de la literatura, sentir. A mí si me haces sentir ya me tienes ganada y Neïra me ganó desde el primer momento, porque pocas, muy pocas escritoras son capaces de traspasar el papel como lo hace ella. Es un don. Nos regala historias reales, tangibles, imperfectas. Historias que llegan al corazón porque te las crees, porque son vida.

Sonrío cada vez que veo Amor se escribe con H entre las novedades de las librerías, es bonito ver que los sueños se cumplen, que lo que muchas vimos en Oli lo ha visto el mundo. Felicidades, Andrea, sigue volando.